De la navidad, las hormonas y un poco de felicidad…

Quienes me conocen saben cuánto me gusta la navidad y todo lo que representa. Es muy posible que mi cumpleaños, el cual se encuentra prácticamente en el clímax de la época, tenga bastante qué ver con mi entusiasmo. Pero, lejos de lo que alguien pueda pensar, esto poco y nada tiene que ver con las reuniones festivas y las juergas, tan comunes en diciembre. En cambio, tiene todo que ver con el sentimiento de esperanza, camaradería, solidaridad y buena voluntad que se apodera de la gente (bueno, la mayoría de ella) durante la época. Claro, también está la fe y el sentimiento místico que rodea la festividad, aunque esto es personal e íntimo de cada cual.

No se si todos ustedes lo sepan, pero desde hace algunos años hay canales de televisión que pasan películas de navidad durante los meses de junio y julio, lo cual, aunque suene cursi, nos hace felices a quienes amamos la navidad. Este año, demás, de manera simultánea, tuvimos la mezcla con el mundial de fútbol, otro evento que convoca pasiones y fanáticos a nivel del planeta entero. Yo he disfrutado plenamente de estas dos maravillas.

Por si fuera poco, al mismo tiempo Colombia ha atravesado por uno de los procesos electorales y de transición de gobierno más candentes y ríspidos desde los tiempos anteriores al llamado “frente nacional”, el mundo ha visto el resurgimiento del conflicto entre los Estados Unidos e Irán y Venezuela ha sufrido una de las peores tragedias naturales de su historia, junto con otro millón de noticias, cada una más funesta que la otra.

Voy a hablar desde mi experiencia personal, porque la serie de reflexiones que quiero compartir hoy con ustedes, y que son la pieza central de este artículo, nacieron de ella.

Me considero una persona seria y analítica, con una buena dosis de sensibilidad, pero libre de fanatismos. Confieso que el cúmulo de noticias, digamos, amargas, sumadas al ambiente conflictivo y polarizado que hoy se respira en el país y del cual, por más que uno lo quiera, no es posible abstraerse, lograron que me sintiera abrumado y que se apoderara de mi cierto grado de pesimismo.

Con esos sentimientos encima, la vida se ve sombría, oscura, y se pierden un poco las ganas de luchar. Es obvio que en estos sentimientos también influyeron, y no poco, mis circunstancias y problemas personales (¿quién no los tiene?)  Sin embargo, empecé a notar que, invariablemente, luego de ver una de estas películas navideñas que pasan por esta época, mis niveles de fe y esperanza aumentaban y se disipaban, aunque fuera por un rato, las sombras.

No faltará quienes lo atribuyan a un romanticismo desmedido de mi parte. No los voy a contradecir, porque es seguro que, sin ese componente, jamás pasaría. Pero también creo que si solo fuera romanticismo me sería muy difícil reflexionar sobre mis propios sentimientos. Tampoco, sobre esas reflexiones construir una nueva forma de ver las cosas, más optimista, más decidida y, definitivamente, más alegre. Y no, ninguna de las circunstancias que me sumieron en ese estado ha cambiado. Lo que cambió fue mi forma de verlas y de asumir la forma de enfrentarlas.

Puedo decir, con seguridad, que me ahorré la visita al psicólogo. Pero, entonces, ¿fueron las películas? ¿por qué? ¿beneficiarían a todo el que las vea? Las respuestas a estas preguntas no fueron tan obvias como parece a primera vista.

Primero, es evidente que las películas han sido de alguna forma el elemento catalizador, pero no por sí solas: sin algunos elementos arraigados en mí, como la fe y la alegría navideña cultivadas desde la infancia, verlas no habría generado ningún cambio en mi. También se requiere vibrar en la misma frecuencia para que la magia de la navidad se apodere de uno.

Ello responde las dos primeras preguntas. Para la tercera, creo justo decir que, en primera instancia, la respuesta es que no, no beneficiarán a todos. Pero sí a aquellos que vibren en esa misma frecuencia.

Ahora, bien, no quiero que piensen que solo estoy haciendo apología de las películas de navidad, por mucho que me encanten. En realidad, solo las menciono porque gracias a ellas surgió en mi la inquietud que quiero compartir con ustedes.

Hay personas que, pase lo que pase, no pierden la alegría ni el optimismo.  Desde el aburrido punto de vista científico, de alguna forma logran mantener sus niveles de serotonina, dopamina y oxitocina en el nivel ideal. Sin embargo, a la mayoría de los mortales nos cuesta mucho mantener ese nivel de entusiasmo.  Con todas las vicisitudes de la vida, mantener el entusiasmo es una tarea titánica, para no hablar de imposible.

Pero ¿quién no lo necesita? Sin duda, todos queremos tener (y retener) al menos un poco de felicidad. La siguiente pregunta se cae de su peso: ¿cómo lo hacemos?  Volviendo a la aburrida ciencia, encontrando algo que suba los niveles de nuestras “hormonas de la felicidad” (o, lo que sería lo mismo, evitando todo lo que nos los baje…)

Con seguridad, si somos absolutamente exitosos en nuestra vida difícilmente tendremos esta necesidad. Pero la vida raramente nos da esa posibilidad. “Unas son de cal y otras, de arena” decía mi abuelita, y ese es el resumen de la vida, de nuestro paso por esta tierra.

Tal vez deberíamos volvernos ermitaños, alejarnos totalmente del mundo exterior, no escuchar noticias ni interactuar, especialmente en las redes sociales, etc. Aún si lo lográramos, estoy convencido que la carga de la soledad a la que nos veríamos sometidos sería abrumadora y, de hecho, nunca lograríamos la felicidad que buscamos.

Descartado lo anterior, hay algunos alimentos que ayudan a subir los niveles de estas hormonas, entre los cuales destaca el chocolate. Sí; comer chocolate cuando el ánimo está bajo ayuda a subirlo. Claro, no podemos comer chocolate a cada rato, porque, a la larga, su efecto en nuestro cuerpo sería funesto y deprimente.

De otro lado, hay por ahí circulando un millón de sistemas, métodos y recetas, cada uno con su respectivo gurú detrás, para cambiar la vida y lograr ser feliz. No pretendo, de ninguna manera, antagonizar ni competir con ellos. No sé si todos funcionan, pero seguro habrá el que lo haga. Pero, tantas reglas…

Volviendo al principio, a mi me ayudaron las películas navideñas, o el sentimiento de esperanza que se desprende de ellas. No estoy diciendo que ahora todos tengan que ver películas navideñas. Lo que quiero decir es que cada uno tiene un disparador que le activa las hormonas y mejora su ánimo. Seguro, está presente cada día, entre las cosas simples de la vida. Un abrazo de alguien especial, el amor de una mascota, un plato especial de comida, un momento de recogimiento espiritual o cualquiera (o varias) de miles de cosas más.

Al igual que en el caso del chocolate, no puedo pasar la vida viendo películas de navidad, así que tuve que analizar bien la mecánica, para encontrar que son los pensamientos navideños lo que ayudan a mis hormonas. Y, como con cualquier experimento, he estado probando una teoría: en cuando siento un bajón de ánimo, intento concentrarme en evocar ese sentimiento navideño. Me ha servido en lo general, y cuando no lo ha hecho es porque mi nivel de concentración ha sido débil.

Entonces, mi invitación, querido lector, es a que encuentres en tu vida aquellas cosas que te ponen de buen humor, para que tengas algo que puedas recrear en tu mente durante los momentos en que las cosas se ponen difíciles y así subir tus niveles de serotonina, dopamina, oxitocina y también las endorfinas. Como todo, requiere algo de práctica, pero una vez lo logras, los resultados no se harán esperar.

Sé, claramente, que no estoy descubriendo nada nuevo; solo el hecho de que no se requiere nada sofisticado ni difícil de encontrar para lograr controlar y superar los sentimientos negativos.

Mi deseo navideño (a mitad del año) para ti es que logres encontrar ese algo, ese catalizador que dispare tus niveles de hormonas de la felicidad y te permita superar esos momentos tristes y oscuros que ocasionalmente nos embargan.

¡Hasta la próxima!

CERREMOS EL CAPÍTULO, POR FAVOR…

Los colombianos acabamos de atravesar por la que, tal vez, ha sido la jornada de elecciones presidenciales más reñidas en por lo menos los últimos 100 años, si no más. El país estuvo dividido a mitades durante toda la campaña y, con toda seguridad, al término de la misma el sismo es aún más marcado.

No ha sido fácil ver familias en donde los padres no se hablan con los hijos, o entre ellos; amigos de toda la vida que, por cuenta de la diferencia política, dejan de serlo; enemigos que resultan unidos gracias a la causa común; ambientes laborales enrarecidos debido a las discusiones en torno a la preferencia por uno u otro candidato; todo ello por no hablar de las acciones de grupos extremistas cuya única misión es encender y calentar a las masas aprovechando la polarización.

Hasta cierto punto, todo ello es normal en una sociedad en donde todos, sin excepción, pedimos a gritos un cambio, pero donde las ideas de cambio se apartan diametralmente unas de otras. Es normal, siempre y cuando el ambiente se mantenga contenido al espacio temporal de la campaña. Una vez determinado el ganador de la contienda, a todos, simpatizantes y no simpatizantes, solo nos queda aceptar el resultado y disponernos a construir país, cada cual desde su rincón.

Quizá lo que ha hecho de esta elección la más difícil de los últimos tiempos es el temor que para muchos representa la propuesta del candidato electo. En el mar de especulaciones que se lanzaron durante la campaña, descolla la realidad histórica del electo mandatario, cuyo pasado revolucionario despierta en muchos los temores de una puerta que se abriría a la guerrilla hacia el poder, con todo lo que ello implica y representa.

Sin embargo, por mucha amargura que la derrota le pueda generar a la media Colombia que votó en contra del proyecto político que ganó, solo nos queda hacer nuestra parte para que la querida patria no deje de serlo. Y estoy convencido de que el primer, y más importante, paso que todos debemos dar es reconciliarnos ente nosotros. Con esto no quiero significar que los del bando “perdedor” cambien su manera de pensar y acepten las otras ideas así, porque sí. Pero es necesario que las familias se recompongan, que los amigos sigan siéndolo a pesar de estar en orillas de pensamiento diferentes, que en los ambientes laborales el tema político pase a un segundo plano para que todos puedan realizar sus tareas libres de ese enrarecimiento que causa la zozobra política. Tampoco significa desentenderse del futuro del país; por el contrario, implica reconocer que de mi trabajo, de mi actitud frente a los demás y de lo bien o mal que yo haga las cosas dependerá en gran medida cómo nos vaya en ese futuro.

Y todo ello solo se logrará entendiendo que aquel que tenemos al lado, independientemente de que piense diferente a mi en la política, es un hermano colombiano que desea el cambio tanto como yo. Cuando los “perdedores” dejen de sentirse como tales si piensan que media Colombia es la que piensa como ellos, y los “ganadores” entiendan que hay media Colombia al otro lado y que todos buscamos, finalmente, lo mismo, y dejen de ufanarse por el triunfo, podremos sanar las heridas y seguir adelante con las vidas de todos.

En lo personal, me rehúso a descalificar a cualquiera de mis familiares, mis amigos o mis compañeros de trabajo por el hecho de que piensen diferente a mi en cualquier forma. Por ello, la invitación es a dejar de hablar de política y a retomar la vida. Solo podemos confiar en que, finalmente, todos podremos tener el cambio que anhelamos para nosotros, nuestras familias, nuestros amigos y nuestra patria.

Cumpleaños (Cuento) – Una reflexión para los terroristas…

Hace 26 años, nuestro hermoso país estaba viviendo una de sus más negras épocas, todo por cuenta de la intención de los malos de impedir que los buenos los echarán a los tigres.

Para quienes no tuvieron que vivir esa época, o no lo recuerdan, los narcos de ese tiempo, cuyo representante máximo era Pablo Escobar, se dedicaron a convencer al gobierno de turno a punta de bombazos de no extraditarlos a los Estados Unidos, porque para ellos era «preferible una tumba en Colombia que una cárcel en Estados Unidos».

Por aquella época yo estaba recién casado y a punto de que naciera mi hijo, y semejante acorralada que nos pegaron estos vándalos a los desprevenidos ciudadanos de bien que no teníamos arte ni parte en esa guerra caló profundamente en mí, llenándome, lo digo sin pena, de un miedo paralizante.

El atentado que para mí se convirtió en la insignia de la época fue el del Centro 93, por su tamaño y poder destructivo y porque fue directo al corazón de la sociedad civil. Como resultado del mismo, surgió la necesidad de volcar mis pensamientos en un cuento corto, al que di el nombre de «Cumpleaños» (ya entenderá el amable lector por qué). Los acontecimientos de los últimos días han puesto de moda el tema y mi cuento, que presento a mis lectores esperando sea de su agrado.

CUMPLEAÑOS

“Mi madre y mi hija se pondrán felices con la noticia de la casa nueva que les voy a comprar”, pensaba con alegría José Luis mientras conducía el automóvil que le había sido entregado hacía apenas un rato. “En cuanto termine este trabajo y pueda cobrar mi paga, voy directamente a hacer las vueltas para comprarla y les llego ya con los papeles, para que me crean”. Mientras esto pensaba, conducía el vehículo en medio del pesado tráfico, esquivando con maniobras de conductor experto los baches del camino. A sabiendas del riesgo que corría, estaba totalmente tranquilo y se desenvolvía con total pericia, como todo un profesional. “Mañana es mi cumpleaños. ¡Dios, qué regalo me voy a dar! Estoy ansioso por ver las caras de alegría de mis dos mujeres adoradas.”

En otra parte de la ciudad, Catalina, una señora de edad avanzada, cepillaba los cabellos de su nieta de cinco años, Laura, una pequeña rubia con ojos color de miel y hermosa sonrisa que nunca quitaba de su rostro. “Ahoritica salimos y vamos al centro comercial del norte. Con los ahorritos que tengo de la platica que me dio su papá el mes pasado, vamos a ver qué le compramos, porque mañana está de cumpleaños. También tenemos que comprar una tortica y un vinito de manzana, porque no alcanza para más. ¡Es tan bueno mi muchacho! Siempre esforzándose por conseguir unos pesos, aunque tenga que estar lejos de nosotras por tanto tiempo. Ojalá venga para poder celebrarle el cumpleaños…”

“Si, si, abuelita. Mi papi me dijo que venía hoy o mañana y yo quiero abrazarlo y darle su regalo”, la interrumpió Laura. “¿Nos vamos ya?”

Y sin más, salieron apresuradamente de la casa, no sin antes asegurarse de cerrar bien todas las puertas y ventanas. Tuvieron que correr, pues en la esquina vieron la buseta que las llevaría al centro comercial donde harían las proyectadas compras.

Hábil conocedor de la ciudad, José Luis evitaba las congestiones de tráfico, pero con cuidado suficiente para no llamar la atención. Utilizando corredores viales alternos, llegó al centro comercial del norte un poco antes del medio día. Con un poco de suerte, ingresó al aparcadero sin problema y empezó a buscar un sitio donde estacionar el vehículo. Tuvo que dar unas cuantas vueltas muy despacio, hasta encontrar un lugar libre cerca de la plataforma de acceso principal de la enorme mole. Cuando detuvo el vehículo, había una gran cantidad de personas entrando y saliendo del centro comercial.

Con calma, se agachó, metió la mano bajo su asiento y ubicó el pequeño botón allí instalado, y lo accionó. Salió del vehículo, cerrándolo con llave, y se marchó de allí. Entró al centro comercial, miró unas cuantas vitrinas y luego salió por una puerta lateral alejada del sitio donde había dejado el vehículo.

Mientras él salía, Catalina y su nieta descendían de la buseta que las dejó frente al centro comercial, y se detuvieron un instante, antes de entrar, a comprar unas cocadas, que eran golosina preferida de las dos. Luego, entraron por la rampa principal.

A cinco cuadras de allí, José Luis iba caminando, alejándose del lugar. Como un acto natural, metió la mano en el bolsillo de su chaqueta y cogió un pequeño artefacto que parecía un radio transistor. Sacó la antena, pensó un momento y recordó la paga que recogería un poco más tarde, si todo salía bien. Entonces, encendió el aparato y pulsó un pequeño botón que éste tenía en el centro…

——————-

Eran las nueve de la mañana del día de su cumpleaños, cuando José Luis se atrevió a dejar el hotel de mala muerte donde se había escondido la tarde y noche anteriores. Su rostro mostraba las huellas de una noche sin conciliar el sueño, y le faltaba afeitarse. En su mano, llevaba un maletín negro donde había una cantidad tal de dinero, que José Luis estaba seguro de no haber tenido tanto en toda su vida. Detuvo un taxi y le indicó al conductor la dirección de su casa.

José Luis abrió la puerta de su casa, y le extrañó encontrar todo cerrado y asegurado. Usualmente, a esta hora su madre se encontraría preparando el almuerzo y saldría a recibirlo con un “Dios me lo bendiga, mijo.” Hoy todo era silencio. Recorrió toda la casa en busca de su madre y de su hija, sin hallarlas. Supuso que habrían salido a comprar lo del almuerzo y decidió darse un baño, afeitarse y ponerse a ver televisión mientras llegaban.

Cuando se hubo aseado, encendió la televisión y quiso ver el noticiero. La pantalla estaba inundada con las escenas del último atentado terrorista en la ciudad. Según decían, por órdenes del gran capo de la mafia habían colocado un carro-bomba en el centro comercial del norte. Había treinta y dos muertos hasta ese momento, y más de doscientas personas heridas. De los muertos, solo habían podido identificar a trece. Dando muestras de consternación, el presentador inició la lectura de la lista de los muertos identificados. Una serie de nombres carentes de sentido para José Luis, hasta que el hombre de la televisión mencionó dos que le hicieron dar un brinco: Catalina Burbano de Ruiz, de 65 años, y Laura Ruiz Saldaña, de cinco años.

José Luis salió desesperado de la sala y fue al cuarto de la pequeña Laura, con la visión atiborrada de imágenes espeluznantes y un dolor que le partía el alma. Le pareció verla y preguntarle: “¿Por qué, papi?”. Tomó su pistola de 9 mm y se descerrajó un tiro en la boca. Cayó, derribando el escritorio de la niña. A su lado, en medio del charco de sangre, aterrizó un papel escrito con los multicolores garabatos infantiles de Laura, que decía: “Feliz cumpleaños, Papito”.

La muerte, una muerte que él engendró, había venido a darle su regalo.

Por qué este blog?

Toda mi vida he escrito. Es una pasión y un gusto del que no puedo abstraerme.

Hasta hace muy poco, la única forma de lograr que se leyera lo escrito por uno era tener un editor amigo que quisiera publicarlo, y yo nunca lo tuve. Afortunadamente hoy existen estos espacios, donde para ser criticado o alabado uno puede compartir con amigos, colegas, conocidos y extraños sus pensamientos.

Espero que los míos, que comparto con todo respeto, sean de vuestro agrado.