¡No me resigno!

IA. Parece que hoy en día es imposible no encontrar esta sigla en una de cada dos frases, habladas o escritas. Es más, cada vez que aparece no es una simple referencia: genera sentimientos, pues mientras unos le temen, otros la odian y otros la admiran como a un dios.

Antes de seguir, es imprescindible aclarar que, como persona aficionada a la tecnología, admiro el desarrollo que significa la inteligencia artificial y he sido el primero en declarar que ella es una excelente herramienta para prácticamente todas las disciplinas del conocimiento y del quehacer humano, pero la cual nunca llegará a reemplazarlo. Y, a pesar de lo que leerán en este artículo, lo sigo pensando.

En todos (o casi todos) los grandes inventos del hombre siempre ha habido un lado oscuro, pues, parafraseando, si caen en malas manos pueden hacer mucho daño. La IA no es la excepción; tan es así, que ya estamos viendo cómo la están usando para cometer delitos (suplantación de identidad, videos falsos, delitos bancarios usando la IA para replicar la voz, etc.)  Pero ¿en realidad tiene la culpa la IA? ¿o la tienen las personas que la usan para el mal?

Ahora, bien, acabo de utilizar algunos ejemplos de las peores situaciones (al menos hasta donde sabemos); pero la mala utilización de la herramienta ocurre aún en los escenarios más inocentes: desde estudiantes poniendo a la IA a hacerles las tareas (nótese que no hablé de las investigaciones, uso que me parece muy válido), pasando por gente desocupada creando imágenes falsas para crear los famosos memes, hasta profesionales del más alto nivel “creando” importantes reportes cuya validez resulta dudosa debido a que han sido redactados por la IA.

Eso me lleva a mi campo de acción favorito: las lenguas. Entre las listas publicadas en los últimos tiempos sobre las profesiones supuestamente llamadas a desaparecer por cuenta de la inteligencia artificial, las que las encabezan son las relacionadas con la provisión de servicios lingüísticos: traducción, edición, redacción, etc. Hoy incluso se ven en redes sociales como Facebook o Instagram anuncios que prometen ayudar a que una persona “escriba” y publique un libro en unas horas…  En redes como LinkedIn, el ochenta por ciento o más de las publicaciones que llegan a mi feed son de personas que dicen estar cansadas de ver las publicaciones de otras, todas hechas por la IA. Y la paranoia llega al punto de desarrollar un montón de técnicas para identificar los textos escritos por la IA, debido a la repetición de estructuras que, la verdad, es inevitable para las máquinas.

Ustedes se preguntarán por qué esto me afecta. Pues, bien, el hecho es que escribir, redactar, es de las cosas que más disfruto. Amo ver cómo una idea cobra vida, crece y se desarrolla bajo mi pluma (o mi teclado, para ser más realistas). Ya sea escribiendo o traduciendo, soy perfeccionista con este, que yo llamo, arte.  Pero resulta que hoy, si tú escribes bien, con perfecta ortografía y puntuación y sin cometer errores, corres el peligro de que la autoría de tu escrito pase a ser de la IA.

Desde hace ya bastante tiempo, el lenguaje usado por la gente, particularmente el escrito, ha venido sufriendo un importante deterioro, cuyas causas analicé en un artículo anterior. Lo malo de esto es que ha dado paso a una corriente creciente de “rebeldes” del idioma para quienes las normas no importan con el argumento: “Pero me entendió, ¿no?” y, ahora, la IA les ha ofrecido un argumento nuevo para tratar de desacreditar a quienes escriben bien, pues para ellos es imposible que alguien lo haga y, entonces, hay que atribuir los textos bien escritos a la IA.

Claro, sí es cierto que muchas personas renuncian a su capacidad individual para entregar a la IA la redacción de sus documentos. Volviendo a mi consideración anterior, ¿la culpa es de la IA?  Definitivamente, no. Es de quienes la usan de esa forma. Pero creo que, en últimas, la culpa es de quienes han puesto toda esta poderosa tecnología en manos de todo el mundo, sin antes prepararnos para ello. Es como dar a un niño de tres años un destornillador eléctrico y no esperar que haga desastres con él. Hay mucha gente usando desaforadamente las herramientas de IA sin llegar a entenderlas realmente ni darse el tiempo necesario para prepararse al respecto.

Por mi parte, por más facilidad que represente la IA, prefiero seguir escribiendo mis propias líneas. Y resalté “mis propias” porque estoy convencido de que quien renuncia a redactar para dejar a la IA hacerlo por él está hipotecando su personalidad y autenticidad a un perfecto desconocido, de quien no se sabe qué hará después con eso que le dimos para crear. De allí va el título de este artículo: no me resigno a dejarle el camino libre a la IA, ni tampoco a darle gusto a quienes prefieren desprestigiar a aprender lo que necesitan para redactar con propiedad.

Y tú, querido lector, ¿te resignas?

ESCRIBIR BIEN: ¿ES IMPORTANTE?

Al hablar de comunicación, oral o escrita, el peor enemigo es la falta de claridad, es decir, la incapacidad de transmitir de manera fidedigna la idea sin enredar a los lectores o a la audiencia. Y aunque algunos piensen que la claridad es un concepto relativo, que depende de cada receptor, en realidad no lo es.

La claridad depende de dos grandes factores: el primero está atado a la mente del comunicador, al orden de sus pensamientos, al conocimiento del tema del cual habla, a su entendimiento del mismo y a su convicción frente a lo que está comunicando. El segundo está atado a la forma como el comunicador use el medio que tiene para comunicar: el lenguaje. Para el caso del primer factor, cada persona tiene su forma de pensar y elaborar; sin embargo, el éxito depende de tener disciplina para mantener el orden en sus pensamientos y para dominar lo que quiere transmitir. Para el caso del segundo factor, el lenguaje tiene todas las reglas necesarias para transmitir adecuadamente, reglas que a la mayoría de nosotros nos han sido entregadas desde la primaria.

Además, la claridad se logra solo cuando se combinan los dos factores. Es decir, tener orden en los pensamientos y dominio del tema, pero no dominar las reglas (al menos las básicas) del lenguaje, no garantiza que lo comunicado sea claro. De igual forma, no sirve de mucho dominar las reglas del lenguaje si no hay orden en los pensamientos y/o no se domina el tema. Y, para aclarar, cuando hablo de “dominar el tema” no me refiero a ser eruditos en alguna materia, sino a saber lo que queremos transmitir.  Por si lo anterior fuera poco, la combinación de los dos factores genera un efecto sinérgico, que da fuerza, poder, a las palabras.

Algo que siempre ha llamado mi atención es el hecho de que, para un gran porcentaje de la población, el hacerse entender correctamente, ya sea hablando o escribiendo, no sea un asunto de primera prioridad.

Cuando estaba en mis primeros años de colegio, por algún tiempo yo también (sí, también) creía que la clase de español era innecesaria, porque “a mí me enseñaron a hablar en casa” – y considerando que aprendí a leer a los 3 años, al llegar al colegio a los 6 esa era materia cumplida – y, por lo tanto, no era importante prestarle atención. Afortunadamente, en tercero de primaria, como lo llamábamos en esa época, un profesor, quien dictaba español e inglés, despertó mi amor por el idioma (por ambos, en realidad) y me permitió descubrir y desarrollar mi fortaleza en su manejo.

Es bastante fácil, y en la mayoría de los casos correcto, asignarle la culpa de esa falta de interés a los profesores, quienes no se esforzaban por captar, en esos primeros años de la vida, nuestro interés ni por hacernos entender la importancia de lo que nos enseñaban, conformándose con que “aprendiéramos” las cosas de memoria, ya por repetición, ya por miedo a los castigos.

Pero, hasta ahí. La misma tesis le sería aplicable en algún momento a los profesores de cualquier otra materia o, incluso, a nuestros padres respecto de nuestras falencias de carácter. Y, sí, hay mucha gente que se queda en eso, en repartir culpas por sus carencias y en apoyarse en la – en mi opinión, detestable – frase “es que así soy yo y no puedo cambiar”, la cual blanden atrevidamente como escudo cuando se ven enfrentados a sus realidades. Eso ocurre en algún porcentaje en casi todas las áreas del conocimiento (y de la vida, de paso) pero en ninguna tanto como en lo referente al idioma. El propio, por supuesto. Ni hablar de alguno extranjero…

Es incomprensible es que se piense así cuando, si bien la carencia en las matemáticas, por ejemplo, no representa un impedimento para que una persona trascurra con éxito por la vida, la capacidad de comunicarse, por el contrario, sí resulta indispensable (excepto, quizás, para los monjes ascetas del Tíbet) para una vida exitosa, tanto en lo personal como en lo profesional; sin embargo, muchas personas se conforman con balbucear o garabatear oraciones (o lo que ellos creen que lo son), con la falsa seguridad de estarse haciendo entender (“Pero me entendió, ¿cierto?”  ¿les suena?), pero, en realidad, solo se ridiculizan a sí mismos y dejan al descubierto su ignorancia al respecto, y toda su sorna no logra evitarlo ni un poco. Y, aclaro, no se trata de satanizar por no saber, pero sí por darse excusas para permanecer sin saber.

Ahora, bien, ¿cómo solucionamos el problema de la claridad? En realidad, no puedo decir que sea tarea fácil, pero con seguridad no es imposible. De una parte, frente al primer factor, es decir, la claridad y orden de los pensamientos, no pretenderé ser irrespetuoso ni con ustedes ni con  la ciencia creyendo que tengo la fórmula para “pensar bien”. Sin embargo, si tengo un par de trucos que pueden ayudar a la hora de comunicar, y principalmente cuando se trata de escribir, porque es cuando tenemos más tiempo para hacerlo y no debemos improvisar, aunque la práctica termina ayudando también con eso.

El primero de ellos es hacer una lluvia de ideas, bajar, descargar en un papel los pensamientos que nos surgen respecto de todo lo que queremos decir. Sin orden. Sin importar si no suenan.

El segundo es lo que yo llamo la “fórmula del orden”. Tiene que ver con la estructura que daremos a nuestro texto. La que a mi me ha funcionado siempre y por eso la defiendo a muerte es: Introducción à Desarrollo à Conclusión. Hay quienes aseguran que en cierto contexto se deben presentar primero las conclusiones, pero yo estoy seguro de que la forma de evitar al lector (o interlocutor) un gran esfuerzo para entender es ambientar y desarrollar todo antes de llegar a las conclusiones.

Con esto en mente, lo siguiente es ordenar las ideas que recogimos en la lluvia de ideas bajo cada uno de los tres pasos de la fórmula y así tendremos unos insumos ordenados que facilitarán la redacción.

El segundo factor debería poderse dominar de manera más fácil, ya que el idioma tiene sus reglas, con las cuales, si se siguen de manera estricta, garantizan 100% de éxito. No es que aprender y manejar todas las reglas sea fácil, pero se trata de reglas concretas ante las cuales no cabe improvisar.

Tales reglas se compendian en la gramática.  Y en el español, la gramática  se divide en cinco ramas bien definidas:

  • Fonética y fonología, las cuales se ocupan de los sonidos del idioma, cómo se producen y cómo se combinan para formar palabras.
  • Morfología, la cual define la estructura de las palabras, cómo se forman y  las diferentes formas que adquieren, como género y número.
  • Semántica, cuya función es definir el significado de las palabras.
  • Sintaxis, que estructura las reglas, orden y relaciones mediante las cuales se combinan las palabras para formar frases y oraciones.
  • Ortografía, la cual rige el uso correcto de todos los símbolos y signos del idioma.

Estoy convencido de que, para la mayoría, sus carencias frente a una buena redacción se deben a los vacíos que quedaron en sus primeros años de estudio, cuando el español solo parecía relleno y pérdida de tiempo. Así que mi método docente siempre se ha basado en reconstruir esas bases.

En próximas entregas trataré de sintetizar estas reglas y brindar pautas y consejos para mejorar la redacción.

Quiero cerrar con una reflexión: La redacción es comparable al vestido que usamos. Puede ser seria, elegante, académica o bien descomplicada y festiva, pero siempre hablará de nosotros, de quienes somos, tan claro como nuestro vestido. Vale la pena esforzarse para verse bien, ¿cierto?

¡Hasta pronto!